PIRATAS DEL CARIBE: Historias de Contrabando, piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros en el Caribe Español

Sin duda, la piratería ha servido de inspiración a múltiples novelistas y productores cinematográficos, desde La isla del Tesoro de Stevenson a Piratas del Caribe de Disney. Con frecuencia, quizás influidos por libros y películas, utilizamos el término “piratas” para referirnos a piratas, corsarios, filibusteros y bucaneros por igual. ¿Realmente existen diferencias entre ellos o son términos extraídos de los múltiples cuentos y leyendas que nos presentan a los piratas con un parche en el ojo, una pata de palo y la famosa bandera Jolly Roger ondeando en el mástil de sus barcos? Como vamos a comprobar, lo cierto es que cada uno tenía unos orígenes y objetivos diferenciados, si bien coincidían en los medios que utilizaban para alcanzar sus fines.

Durante los tres siglos que, aproximadamente, duró la Edad Moderna, España mantuvo un rígido dominio de sus posesiones americanas. Una de sus vertientes más importantes fue el control de la actividad comercial, sostén económico de la política exterior de los monarcas españoles, basada en la conservación del imperio europeo y ultramarino.

La conexión comercial entre España y América se hizo a través de la llamada Carrera de Indias, inspirada en un principio y obsesión: el monopolio. Este “exclusivismo” fue autorizado por el Papa (única autoridad supranacional de la época) como recompensa a los esfuerzos de la Corona española por propagar la fe en el nuevo continente. Se basaba en un principio fundamental: todo extranjero debía ser excluido de las empresas coloniales y comerciales. Para garantizarlo, se establecieron varios mecanismos: control oficial, colaboración privada, puerto único y navegación protegida. Sin embargo, la Monarquía española tuvo que hacer frente a varios obstáculos que dificultaron sus relaciones comerciales con sus colonias americanas.

El territorio controlado por España en América era inmenso y muchas tierras estaban desvinculadas de las rutas que conectaban los puertos americanos con la Metrópoli. Rápidamente aparecieron competidores ingleses, franceses y holandeses (contrarios a la exclusividad española -y portuguesa, en Brasil- de los mares americanos), que introdujeron en aquellas tierras productos más baratos que los españoles. La inmensa costa atlántica americana se prestaba  favorablemente al contrabando, que no pudo ser frenado de forma eficaz por la Monarquía.

Pero el contrabando no fue el único problema. La Corona española tuvo que combatir el pirateo, especialmente en aguas del Mar Caribe. De una forma simplificada, la piratería se puede definir como “aquella expedición armada o empresa por mar con un fin lucrativo, sin tener la autorización del Estado”[1]. Los piratas, por tanto, actuaban al margen de toda ley, constituyendo un peligro para la seguridad comercial española. Aunque la piratería existía desde la Edad Antigua, los primeros piratas en navegar en aguas caribeñas fueron los ingleses y franceses del siglo XVI, atraídos por las noticias de abundancia y riquezas americanas que comenzaban a llegar a Europa. Generalmente, asaltaban las embarcaciones para robar cargamentos de metales preciosos (oro y plata fundamentalmente) y otras mercancías valiosas procedentes de los recién descubiertos territorios americanos, realizaban secuestros con el fin de pedir un rescate o se apoderaban de la nave en su totalidad. El Caribe resultó un lugar excelente para la actividad pirática ya que, gracias a su abundancia de islas, las posibilidades de huida y refugio eran elevadas.

Hay especialistas que han hecho un balance de los barcos capturados a España durante el periodo de apogeo de la piratería (1521-1569) y cifran en 189 los navíos capturados a la Monarquía española, además de 74 incursiones en tierra para realizar saqueos[2]. A tenor de las cifras (unos 5 barcos por año), no parece que el impacto fuera excesivamente grande en el comercio español, pero sin embargo fue una preocupación constante para la Corona. De hecho, conscientes del daño que suponía, los ingleses “legalizaron” la actividad pirática. El rey Enrique VIII de Inglaterra (1509-1549) fue el primer monarca en expedir patentes de corso.

Pronto surgió la figura del corsario, que actuaba del mismo modo que el pirata, pero amparado en un documento real que oficializaba su misión, apropiándose de una parte del botín. De este modo, varios piratas pasaron a ser corsarios al servicio de los mayores enemigos de los reyes hispanos: Inglaterra y Francia. Aunque hubo interesantes corsarios franceses, como el hugonote Le Clerc, apodado Pata de Palo, destacaron especialmente los ingleses por el daño que infligieron a la Monarquía Hispánica.

En efecto, en el siglo XVI, los ingleses John Hawkings y su sobrino Francis Drake fueron las mayores amenazas de los navíos y los puertos españoles. Vistos como vulgares piratas en España, en Inglaterra eran considerados héroes y condecorados por sus servicios a la Corona, consiguiendo algunos el título de Sir. Drake fue uno de esos héroes ennoblecidos y una de las principales pesadillas del monarca español Felipe II (1556-1598). Durante el reinado de Isabel I de Inglaterra (1558-1603), Drake atacó numerosos dominios españoles: Vigo, Canarias, Veracruz, Santo Domingo, Cartagena de Indias…y en 1588 fue vicealmirante de la flota inglesa que derrotó a la célebre Armada Invencible española, que tenía como objetivo invadir Inglaterra para recatolizarla y eliminar así un incómodo enemigo.

Como respuesta, las autoridades españolas crearon la figura del corso español. Su objetivo era principalmente recuperar las mercancías robadas por otros barcos corsarios extranjeros, además de luchar contra el contrabando. Actuaron principalmente en Cuba (donde operaban los ingleses), La Española (Isla que, en la actualidad, contiene los estados de la Republica Dominicana y Haití), las costas puertorriqueñas, la costa de Honduras, la vertiente atlántica panameña (donde se reunían contrabandistas de todas las naciones), las playas de Nueva Granada y las costas venezolanas. Cuando un corsario hispano capturaba un barco enemigo debía conducirlo a un puerto español, donde entregaba a los prisioneros para que allí se les juzgase por piratería, ya que los corsarios enemigos eran considerados siempre piratas. Lo que sucedía con el botín era un proceso lento ya que debía ser examinado y contabilizado para  venderse en pública subasta, así como el buque y el armamento. No obstante, el corso español, al igual que sus homólogos de otros países, combinó el saqueo y el comercio con la tarea defensiva.

Más difíciles de definir son los bucaneros y los filibusteros. Los bucaneros parecen tener su origen en el Norte de La Española. En un principio fueron desertores franceses que se establecieron en las zonas deshabitadas de la isla y se dedicaron a cazar ganado salvaje para bucanear, es decir, ahumar la carne al modo indígena para venderla posteriormente a los barcos que navegaban por el Caribe. Sin embargo, las autoridades españolas decidieron expulsarles de la isla por atentar contra su monopolio comercial y atajar este tipo de  contrabando. Así, los bucaneros se vieron obligados a trasladarse a otro lugar: Tortuga, una isla rocosa y pequeña situada al norte de su anterior ubicación,  donde construyeron un fuerte.

Los filibusteros, por su parte, no restringieron su actividad al Caribe, sino que sus ámbitos de actuación se expandieron al Atlántico Sur y al Pacífico. Nacieron en el siglo XVII de la fusión de los bucaneros de Tortuga con los piratas. Además, no sólo se dedicaban al ataque de barcos sino también a realizar incursiones en las poblaciones costeras, aterrorizando a los vecinos, saqueando y en muchas ocasiones destruyendo poblados enteros.

Piratas, bucaneros y filibusteros constituyeron una asociación en Tortuga, una  especie de “base internacional pirata” o “República pirata” llamada La Cofradía de los hermanos de la Costa, creada en el siglo XVII con el  objetivo de garantizar el libre ejercicio de sus actividades. Debido a la escasez de documentos, no se conocen con exactitud los orígenes de esta asociación ni buena parte de su historia, aunque sabemos de su existencia gracias a los testimonios del francés Alexander Exquemelin, el llamado médico de los piratas. Algunos autores presumen que sus miembros llegaron a elaborar un código legal y de conducta particular que se transmitía por tradición oral y regulaba la vida y la actividad del pirata.

Varios de los preceptos de dicho código giraban en torno al establecimiento de una sociedad libre y sin autoridades. Para ellos no había patria, dios ni ley. Dentro de la Cofradía no se tenían prejuicios de nacionalidad ni de religión, ni tampoco se tenían en cuenta a la hora de asaltar navíos o atacar costas. El espíritu de esta asociación se configuró partiendo de las características de las vidas de sus miembros, ya que una gran parte de ellos eran proscritos, forajidos o personas desarraigadas.

Los franceses Pierre Legrand y François Lolonois, Bartolomé El portugués, Rock El brasileño (en realidad de origen holandés), y los ingleses Lewis Scott y Henry Morgan fueron los bucaneros más famosos. Llegaron a constituir un gran peligro para las zonas fronterizas españolas de Santo Domingo, desde las cuales se les hizo una guerra sistemática, contestada con frecuentes ataques contra buques hispanos. Por ello, Tortuga no fue el único “refugio pirata”. La isla de Jamaica, en concreto la ciudad de Puerto Real, fue a finales del siglo XVII el lugar elegido por piratas, bucaneros y filibusteros para protegerse de los ataques, vender su botín y buscar nuevos objetivos.

En el siglo XVIII la piratería no cesó, pero el Caribe dejó de ser su foco principal. Durante la primera mitad de siglo, el comercio y la piratería se “descentralizaron” y nuevos espacios, navegados por las compañías comerciales inglesas y holandesas, ganaron protagonismo progresivamente, como Norteamérica y las costas e islas del Índico. En las Antillas, nuevas bases en las Bahamas o en el Golfo de Honduras desplazaron a las tradicionales de Tortuga o Jamaica. De estos años datan algunos de los más célebres piratas, como el inglés Barbanegra, el francés Oliver La Bouche o el galés Bartholomew Roberts.

Pata de palo, Barbanegra, Drake… son nombres que nos retrotraen a juegos infantiles y películas de aventuras y sin embargo, son personajes reales ligados en buena parte a la historia de nuestro país. Durante casi tres siglos, España tuvo que hacer frente a los contrabandistas, piratas, bucaneros y filibusteros que infestaban el Caribe y que hicieron mella en su monopolio comercial ultramarino. En este  espacio de tiempo hubo muchos intentos de acabar con todos ellos, pero las posibilidades reales eran mínimas, dados los ingentes fondos que hubiesen sido necesarios para conseguirlo. Sin embargo, lo más sorprendente no es que España no pudiera acabar con la piratería, sino que fuera capaz de soportarla durante tan largo periodo de tiempo.



[1] LUCENA SALMORAL, Manuel, Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios en América, Editorial MAPFRE, Madrid, 1992.

[2]Íbidem, LUCENA SALMORAL

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Roberto Úbeda Martín

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